Cuando nos volvemos objetos

El sexo vende.

Esta es quizás la máxima mas conocida de la mercadotécnica, y en una sociedad como la nuestra, donde el hombre tiene la batuta como ente dominante, resulta desafortunadamente natural que la figura femenina sea la evocación perfecta de este concepto.

Acentuar la silueta e intentar -con mucho éxito por cierto - definir un ideal de belle za que permita homogeneizar los gustos y modas para facilitar la producción en masa de ropa, calzado y accesorios, resulta ser una estrategia excelente de mercado.

La consecuencia derivada, sin embargo, resultó contraproducente, pues ahora, las mujeres buscan tener una figura como la anunciada,tanto para sentirse atractivas,como para poder adquirir los elementos anunciados - pues ahora las tallas pequeñas son las que se producen en mayoría y las de más tamaño dejan de fabricarse -; y los hombres se sienten atraídos por mujeres que cumplan con ese estándar ficticio.

Esto ha creado una espiral que lleva de un punto a otro, tanto hombres como mujeres se ven atrapados en esta escalera laberíntica que les impide romper un esquema tan nocivo.

Valorizar los aspectos humanos, aquellos que no son visibles en una imagen o anuncio, resulta complicado, mas cuando, si se tratan, se hace desde el cliché en historias novelescas que también intentar crear un perfil que sea rentable para los medios.

La alternativa para romper este ciclo es aceptar la diversidad que hace de cada ser algo único y especial, aprender a identificar que la posesión de ciertos elementos no son lo que nos definen, sino que somos nosotros quienes definen lo que usamos o tenemos al integrarlos a nuestra imagen personal para volverlos algo único y no a la inversa.

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