Siempre hay que sembrar

Dicen que para poder alcanzar aquella semilla, había que escalar por la cara más escarpada de la montaña. Era la única forma. Quien intentaba subir y después descolgarse, caía por lo inestable de la punta.

El sabio lo consiguió, nadie sabe bien cómo, después de todo, no tenía una gran fuerza física de la cual valerse.

Aquella semilla, decían, podía reverdecer todo un valle. El sabio, conocedor de la escasez de alimento en su villa, decidió subir a la torre del campanario, para poder lanzar la semilla justo al centro del poblado. Pero el aire le jugó una mala pasada, y justo cuando la semilla volaba, este la impulsó hacia un tejado donde un ave la engulló de un bocado.

Triste y afligido el sabio de marchitó con el paso de los días, atormentado por el fracaso de su empresa.

Lo que nunca supo, fue que aquella ave viajó esa misma tarde, como siempre lo hacía, al pueblo vecino y en su camino, como la naturaleza lo dicta, defecó.

La semilla cayó en el valle común a las cuatro villas de la región, y al cabo de un año, este se convirtió en la tierra más fértil del reino.

La memoria del sabio permaneció entre los habitantes, pues no tenían duda que aquel prodigio se logró por su proeza y en su lápida escribieron: "Importa la obra".

-- Con permiso del autor.


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